La convivencia que sostuve con mi papá, Andrés Garrido del Toral, en los 32 años que coincidimos físicamente, tiene tantas dimensiones, memorias y material sensible que no me es posible sostener todas en un solo texto. Son sutiles recuerdos que van brotando como finas líneas de oro y escarcha, como excavaciones infinitas donde los hallazgos no paran. 

Para este primer capítulo, este primer recuerdo que inaugura la sección, la dimensión que ha brotado en imágenes es la de la triada entre mi papá sentado frente a la colección de su biblioteca, yo de curiosa estornudando por las partículas de tiempo que soltaban aquellos viejos libros y la idea de Cronos flotando en el ambiente avinado y amaderado de la habitación.

Allí había libros permitidos y también restringidos, hasta que fuera mayor; no por su contenido, sino por la vulnerabilidad de sus tapas y hojas, su existencia material. Entre esos estaba mi favorito: las leyendas recopiladas, intervenidas y/o antologadas por el maestro José Guadalupe Ramírez Álvarez. La única manera de acceder a ese tesoro de fantasías y seres pueriles era a través de la voz de mi papá, quien tomaba el viejo ejemplar con todo el amor y respeto que su memoria le proveía, y abría cuidadosamente la página de la leyenda con la que siempre inaugurábamos la noche -solicitada, reclamada, necesitada por mí-: El aquelarre de las brujas.

Imaginar que a unas cuadras de mi casa, en el Cerro de las Campanas, se reuniría un grupo de misteriosas y macabras mujeres, con el pelo batido de sangre endurecida, a hacer caldo maloliente con hierbas podridas y retazos de niño, mientras la sangre de la noche ebullía en el ahumado perol de cobre me llenaba de emoción y adrenalina. Decía el texto que cuando el amanecer se levantaba en la antigua Cuesta China las brujas huían despavoridas para esconderse bajo las torres de los templos o los tejados de las viejas casas queretanas. Mi papá me aseguraba que esta reunión era cierta, pues parafraseando a su maestro, en el Cerro de las Campanas “la noche era negra, densa, entre lunas”, un lugar donde el tiempo no existía y el aquelarre se fundía con el fusilamiento de los tres conservadores y la escapada romántica de alguna pareja universitaria entre las frondosidades y las sonoras piedras 

Cuando el ánimo estaba extasiado, continuábamos, según mi “curaduría” infantil, con La predicción de la gitana, mi otra leyenda favorita. La voz de mi papá narraba un día de pinta ejercido por varios estudiantes del Colegio Civil (ahora UAQ, específicamente, el edificio donde se encuentra el Patio Barroco). Estos chicos, al calor de la “rebeldía” y los aguardientes, vagaban por la parte alta del Centro Histórico cuando de pronto llegaron a un campamento de gitanos, instalados en el río, cerca de un puente -por la relatoría del espacio, imagino que estos muchachos caminaban por la calle Ignacio Altamirano y desembocaron en la actual Avenida Universidad, justamente en el puente que tiene cuatro breves columnas y extremidades de piedra-. Se aparece ante ellos una hermosa y dominante gitana, quien le lee la mano al más serio del grupo, dándole la fecha exacta de su muerte. Esto desemboca en burlas, risas, regaños del rector del colegio no por la pinta en sí, sino por el acercamiento con los gitanos, y varias tensiones entre ciencia vs misticismo; el positivismo que regía dicha época, desde luego. Finalmente en 1883, 30 años después, el ahora adulto muere en la fecha exacta que le dio la gitana. ¡Mi imaginario infantil se desbordaba de júbilo al pensar en la presencia de gitanos en Querétaro y en la idea de la predestinación!

Y para terminar el tríptico de relatos inquietantes “ocurridos” en nuestra ciudad e irme a dormir con esa imaginación adrenalínica -que años después decantaría en una necesidad de escritura e investigación-, despedíamos nuestra noche de lecturas con La gárgola del suicida, relato donde un joven apuesto, vehemente y enloquecido por los paradigmas amorosos del siglo XVIII, se avienta desde una gárgola incrustada en el pórtico barroco del recién construido templo de San Agustín, a raíz de una absurda equivocación en la logística de su amorío con la señorita que habitaba una casona enfrente del templo -misma que jamás he logrado saber cuál es con precisión, de acuerdo con las descripciones del maestro, ya que podría ser el actual “Tikua” o el hotel boutique “Casa del Atrio”-. El desarrollo de tal relato me asombraba por la prosa calculadamente barroca del maestro Ramírez Álvarez, en armonía con el templo protagonista del mismo. Mi papá me presumía que nuestros “Romeo y Julieta” queretanos eran más “locos y trágicos” que los del mismo bardo, y tenía razón: esa sensación de cercanía cotidiana con los lugares donde acaecieron o se imaginaron relatorías tan intensas como esta, supera por mucho a las maravillosas narrativas de sitios lejanos. 

Después de estas sesiones inolvidables con mi papá, yo estaba segura que quería hacer lo mismo que él, que el maestro Ramírez Álvarez -y todos los demás fantásticos autores/cronistas que también leíamos, de los que escribiré más adelante-, y que Cronos: tejer las tres dimensiones del tiempo, contenerlas en un espacio infinito y blanco -llamado libro, blog, revista, periódico, plataforma virtual-  y habitarlas con lugares específicos, públicos y privados, con personas que habitan la memoria o el ahora y con eventos sumamente cercanos y sensibles a quienes coexistimos en Querétaro. 

Ese aroma amaderado que se confundía en esas noches, entre polvo y escarcha de libros y estrellas, esa tenue luz de la vieja lámpara del escritorio de mi papá, ese frío nocturno plagado de matices cálidos arrojados por nuestro semidesierto, esa estela a Benson & Hedges, esa textura irregular y elegante de las portadas que tocaba a escondidas, son las memorias que re-significan y dan sentido a mi presente. 

Si se desea leer las leyendas del maestro Ramírez Álvarez sobre las que se habló en este texto, en el siguiente link oficial se podrán descargar: *

https://www.queretaro.gob.mx/archivoH/contenido.aspx?q=pvp1bOtJyj2IMBAINBJ6SDNIsGoVnxGt

Referencia: Ramírez Álvarez, J.G. (1967). Leyendas de Querétaro, México: Editorial NDAMAXEY. 


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